En mi pueblo hay doce pasos de peatones. Cada uno tiene seis dieciséis rayas blancas. Ella dice que así ha sido siempre; yo no lo sé, pero sí puedo asegurar que así ha sido durante los últimos siete años. Y así será mientras yo siga aquí. Es importante mantener las cosas en su sitio. Llevo siete años cuidando de los pasos de peatones y se respeta mi tarea.
Al principio sólo parecía una rutina sin demasiado sentido. Yo contaba las rayas por la mañana y por la tarde, los viejos desocupados bromeaban a mi costa y así día tras día, durante seis largos meses. No era feliz con mi trabajo. Había heredado de mi padre el cargo de Controlador de pasos de peatones, que él a su vez había heredado del suyo. En mi familia decían estar muy orgullosos de mí; cuando cumplí veinticuatro años y pude por fin sustituir a mi padre en su puesto, celebramos una fiesta que duró tres días y dos noches. Pero yo, ya lo he dicho, no era feliz; no acababa de entender cómo contar pasos de peatones contribuía al bienestar de la comunidad.
Hasta que ocurrió aquello y comprendí.
Una mañana, al hacer el recuento, faltaban un paso peatonal completo y cinco rayas de otro. Volví a contar, incrédulo, hasta cuatro veces, pero era irrefutable, faltaban.
Aquel día fue el caos.
Dos niños en bicicleta intentaron cruzar por su lugar habitual, que resultó ser el del paso desaparecido. Los atropelló un ciclista adulto, del pueblo vecino, que no conocía la existencia de un paso en aquel punto concreto. Una rodilla sangrante y una camiseta rota fueron las únicas consecuencias; nada grave, pero suficiente para revelarnos lo peligroso de los cambios.
Horas más tarde, en el mismo lugar, el señor Y atropelló al gato de la señora X. Una pata escayolada y el romance entre X e Y en serio peligro de nuevo nos recordaron el inestimable valor de los hechos establecidos.
Al oscurecer, la situación empeoró. Yo mismo fui a dar contra la moto de mi amigo W cuando vino al ya inexistente paso de peatones a comprobar que el rumor que invadía el pueblo era cierto.
Con las cinco rayas del otro paso no hubo tantos problemas, pero todos miraban extrañados aquel paso incompleto y no se atrevían a utilizarlo. Los dos pasos vecinos se saturaron y hubo quien llegó tarde a una cita por tener que esperar su turno para cruzar.
Aquella noche no pude dormir. La angustia y, sobre todo, la vergüenza me mantuvieron despierto. No había sabido percibir la trascendencia de mi trabajo, había desdeñado la labor que los primogénitos de mi familia habían desempeñado con orgullo durante generaciones, había llegado incluso a dudar de la necesidad de controlar los pasos de peatones. En cuanto salió el sol, corrí a comprobar, encogido por el miedo, si había más desapariciones.
Y no. Todo había vuelto a su cauce. Cada raya desaparecida estaba otra vez sobre el asfalto, en su posición exacta. Cuando, a medida que avanzaba el día, la gente fue saliendo de sus casas, comprobaron que había vuelto el orden y niños y adultos se sintieron de nuevo tranquilos.
En nuestro pueblo las cosas tienen su sitio. Siempre ha sido así. Así debe seguir. No sabemos quién se llevó las rayas. Hay quien piensa que se trató de una advertencia divina para que no descuidemos nuestras funciones. Para otros fue un intento del demonio de desconcertarnos y llevarnos al camino del mal.
Yo sé que están equivocados. Las rayas las robó mi primo Z, envidioso desde que nació, y las devolvió durante la noche porque no sabía qué hacer con ellas. Lo sé porque me lo ha contado la voz. Ella nunca me miente. Desde dentro de mi cabeza observa el mundo y me lo explica. Ella siempre desenmascara al caos cuando se acerca disfrazado de progreso. Con suavidad y persistencia me defiende de los peligros de la innovación. Ella me ha hecho consciente de lo importante de mi misión. Mientras yo siga aquí, no se descuidarán los pasos de peatones.

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