Durante más de un mes Fabri ha estado tan ocupado que no se puede decir demasiado de cómo ha transcurrido su vida en ese tiempo sin caer en una descripción más bien vulgar de actos tales como fregar, cocinar, lavarse los dientes… Mejor dejarlo así.
Al principio tanta trivialidad lo tuvo preocupado, angustiado incluso, pero ya ha superado esa crisis y está tan contento esperando la siguiente -¿Qué es la vida sin crisis?- A decir verdad, todo va bien. En La Sede no entienden cómo algo pudo funcionar antes de que llegara, su jefe está a punto de llevarle los cafés a la mesa –Ni hablar, la hora de Violeta, digo del café, es sagrada-, el frío de su habitación lo está conservando inmutable a lo largo de los días… La vida fluye. Es raro, pero es cierto.
Se disfraza de esquimal y sale a la calle a las ocho de la mañana con la esperanza de no congelarse en medio del bulevar –Vivo en Barcelona, ciudad mediterránea: “Aunque se denomina así, por ser el clima característico de toda la cuenca del mar Mediterráneo… las temperaturas son suaves durante todo el año…” Dos horas estuve para aprenderme los climas y era todo mentira-. Cae aguanieve, el suelo está encharcado y todo resbala -¿Cómo es posible que estos árboles lleven dos meses perdiendo hojas?-.
Aquí no hay nadie que pudiera estar en otro lugar… o casi nadie. Una ancianita canosa, protegida del exterior por un liviano abrigo negro de cuello gris, pasea a su perro tranquilamente (inconscientemente, diría yo) y sonríe amistosa a unos cuantos transeúntes que no le devuelven la sonrisa porque sus músculos faciales no se encuentran en condiciones de hacer tales esfuerzos.
Fabri la observa, pero no tiene valor para sacar las manos de los bolsillos e intentar una fotografía. Hay un encuadre perfecto. A la izquierda, un buzón rojo es una línea de color en un aire gris. En el centro, un poco hacia la derecha, la intrépida abuela, con un hombre enorme detrás de ella un poco inclinado hacia delante y otro un poco más pequeño dirigiéndose hacia el perro con una enorme sonrisa en la cara y una navaja en la mano. El brillo de la navaja está justo en su sitio. -¡El brillo de la!- Antes de acabar la frase, ya ha dejado de ser un esquimal y se ha convertido en el famoso pulpo polar del Atlántico Supernorte.
Ahora dos hombres de gesto torvo se preguntan qué hacen en medio del tráfico con las manos atadas a la espalda por sus propias bufandas; una ancianita que se parece a la dueña de Piolín regaña a su perro por haberse subido a un árbol (nunca sabremos si subió allí por prudencia o fue una licencia poética de Superpulpo, harto de la imagen del gatito en el árbol) y Fabri se aparta amablemente para dejarla ir hacia el paso de peatones diciendo “Pase usted, señora”.
A lo lejos se adivina la silueta de La chica de Fuego. La temperatura parece ir en aumento.
