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Terra
La Coctelera

Las aventuras de Superpulpo. Episodio IX. Pase usted, señora.

 

Durante más de un mes Fabri ha estado tan ocupado que no se puede decir demasiado de cómo ha transcurrido su vida en ese tiempo sin caer en una descripción más bien vulgar de actos tales como fregar, cocinar, lavarse los dientes… Mejor dejarlo así.

Al principio tanta trivialidad lo tuvo preocupado, angustiado incluso, pero ya ha superado esa crisis y está tan contento esperando la siguiente -¿Qué es la vida sin crisis?- A decir verdad, todo va bien. En La Sede no entienden cómo algo pudo funcionar antes de que llegara, su jefe está a punto de llevarle los cafés a la mesa –Ni hablar, la hora de Violeta, digo del café, es sagrada-, el frío de su habitación lo está conservando inmutable a lo largo de los días… La vida fluye. Es raro, pero es cierto.

Se disfraza de esquimal y sale a la calle a las ocho de la mañana con la esperanza de no congelarse en medio del bulevar –Vivo en Barcelona, ciudad mediterránea: “Aunque se denomina así, por ser el clima característico de toda la cuenca del mar Mediterráneo… las temperaturas son suaves durante todo el año…” Dos horas estuve para aprenderme los climas y era todo mentira-. Cae aguanieve, el suelo está encharcado y todo resbala -¿Cómo es posible que estos árboles lleven dos meses perdiendo hojas?-.

Aquí no hay nadie que pudiera estar en otro lugar… o casi nadie. Una ancianita canosa, protegida del exterior por un liviano abrigo negro de cuello gris, pasea a su perro tranquilamente (inconscientemente, diría yo) y sonríe amistosa a unos cuantos transeúntes que no le devuelven la sonrisa porque sus músculos faciales no se encuentran en condiciones de hacer tales esfuerzos.

Fabri la observa, pero no tiene valor para sacar las manos de los bolsillos e intentar una fotografía. Hay un encuadre perfecto. A la izquierda, un buzón rojo es una línea de color en un aire gris. En el centro, un poco hacia la derecha, la intrépida abuela, con un hombre enorme detrás de ella un poco inclinado hacia delante y otro un poco más pequeño dirigiéndose hacia el perro con una enorme sonrisa en la cara y una navaja en la mano. El brillo de la navaja está justo en su sitio. -¡El brillo de la!- Antes de acabar la frase, ya ha dejado de ser un esquimal y se ha convertido en el famoso pulpo polar del Atlántico Supernorte.

Ahora dos hombres de gesto torvo se preguntan qué hacen en medio del tráfico con las manos atadas a la espalda por sus propias bufandas; una ancianita que se parece a la dueña de Piolín regaña a su perro por haberse subido a un árbol (nunca sabremos si subió allí por prudencia o fue una licencia poética de Superpulpo, harto de la imagen del gatito en el árbol) y Fabri se aparta amablemente para dejarla ir hacia el paso de peatones diciendo “Pase usted, señora”.

A lo lejos se adivina la silueta de La chica de Fuego. La temperatura parece ir en aumento.

Las aventuras de Superpulpo. Episodio VIII. Socavones no, gracias.

 

Hora de la comida. Habitualmente Fabri sale a comer con sus compañeros de trabajo, pero hoy, sin saber muy bien por qué, prefiere hacerlo solo, así que se excusa con un trabajo que quiere acabar, espera a que todos se hayan ido y se dirige a la puerta intentando recordar algún restaurante cercano y tranquilo.

La última vez que tuvo esta sensación de deber hacer algo de un modo determinado porque sí, sin ninguna razón lógica aparente, se encontró salvando a un paracaidista que iba directo hacia un pararrayos. ¿Qué será hoy?

Como un autómata, se deja llevar por sus piernas. Deduce que éstas se encaminan a su japonés preferido y se sigue dejando llevar. Está claro que no necesita decidir dónde ir, es mejor centrarse en recordar el fin de semana en Madrid. Cuando tropezó con Violeta en el pasillo del hotel creyó haberse llevado una enorme sorpresa, pero esto se quedó en una sorpresita sin importancia cuando la vio aparecer en la reunión de superhéroes – Cuidado, casi pisas esa mierda de perro-. Salir con ella de aquella sala y pasear hasta el Jardín Botánico fue algo tan natural que - ¿Qué es eso?-

A bastante altura en el cielo plomizo de este mediodía de octubre una mancha rojiza parece moverse a gran velocidad hacia el suelo -No parece un avión, no creo que sea una bomba… ¡Un meteorito! Era eso-

Realmente se trata de un meteorito desbocado que, si alguien no lo impide, va a dejar en la Diagonal un socavón de unos noventa metros de diámetro. Justo lo que faltaba para sumir en el caos más absoluto el tráfico de la ciudad. Por no hablar de las víctimas de aplastamiento -¿Alguien va a evitar esta tragedia? Parece que me toca a mí, adiós al atracón de sushi- 

Se rodea de su manto de tinta amnésica y se desliza por la ciudad hasta el punto donde va a producirse el impacto, a tal velocidad que debe esperar unos segundos la llegada del pedrusco. Con sus tentáculos lo recoge y lo vuelve a lanzar al espacio, justo con el impulso necesario para que alcance la zona en que queda orbitando alrededor de la Tierra. -Bachecito evitado-

La tinta y los tentáculos desaparecen inmediatamente. Fabri se encuentra en medio de la calle, rodeado por conductores que intentan no atropellar al "tío ese que no sé de dónde habrá salido". Tras varios pitidos y unos cuantos insultos, logra llegar a la acera. El lanzamiento de meteorito es un deporte cansado. Mira el reloj, aún tiene tiempo de ir a comer toneladas de arroz, algas y pescado crudo.

-Iba por cuando Violeta y yo llegamos al Jardín Botánico…-

 

Las aventuras de superpulpo. Episodio VII. ¡Cuánto superfriki hay por el mundo!

 

Después de un vuelo cómodo y de un viaje de metro casi tan largo como el vuelo, Fabrizio abandona por fin su mochila sobre la única silla de la habitación del hotel en el que pasará el fin de semana. Está en Madrid para asistir a una convención de superhéroes -y heroínas, espero- que comienza (mira el reloj) ¡en media hora!

Afortunadamente, se encuentra muy cerca de la sede de la “Asociación de superhéroes”, basta con apresurarse un poco para no llegar el último y convertirse en target de unas cuantas miradas reprobatorias.

Madrid no cambia sus hábitos más arraigados: sale de la habitación de forma un tanto alocada y choca con alguien. Él es un poco abanto, pero está muy bien educado, así que frena su marcha arrolladora para disculparse. Mira al frente y… ¡Qué casualidad! ¡No me lo puedo creer! ¡Violeta!, ¿estás aquí?.. quiero decir… estooo, ¿te alojas aquí este fin de semana?

Ella está tan sorprendida como él, ni siquiera nota el tartamudeo que lo ha poseído de golpe. Cuando consiguen reaccionar, los dos se disculpan por tener que irse –Lo siento, llego tarde a una cita- y quedan en verse en algún momento del fin de semana.

Fabri no sabe si alegrarse o no de esta casualidad. Tener a su chica pelirroja cerca, lejos de la oficina y sin la mirada atenta de la máquina del café, es uno de sus sueños favoritos del último mes. Pero -¿Por qué siempre tiene que haber un pero?- ella no puede descubrir, al menos aún no, que, cuando menos se lo espera, una catástrofe inminente lo convierte en un pulpo, justiciero y bondadoso sí, pero pulpo al fin y al cabo – Joder, no soy una persona, soy un personaje de cómic. ¿Qué le pondría mi madre a aquella maldita tarta?- Tendrá que decirle que está en Madrid para visitar a algunos amigos y hacer vida cultural, esa explicación siempre cuela. -Y ella, ¿qué hace en Madrid? ¿Tendrá algún novio aquí? Mejor no pensarlo, Fabri, ya veremos lo que pasa-

Con estos divertidos pensamientos llega a la reunión de un humor pésimo. En la sala de reuniones hablan animadamente unas doscientas personas, casi todas bastante jóvenes. Está claro que los superhéroes de esta época no le tienen demasiado amor a la parafernalia de sus antecesores; el minimalismo (o el sentido del ridículo, cualquiera sabe) se extiende hasta aquí y la intención generalizada es hacer las heroicidades necesarias llevando la ropa cotidiana. Saluda a varios conocidos y va a sentarse con Supergorrión, El hombre peonza y La mujer melena, amigos suyos desde que, en su adolescencia, coincidieron en el seminario “Aceptación de nuestra naturaleza heroica”

Casi todos se callan, los moderadores de la reunión se dirigen a sus puestos. Saludan y esperan a que La chica de fuego, que va a presentar la primera ponencia de la mañana, haga acto de presencia.

Cuando una corta cabellera roja aparece por el lado derecho de la sala, ésta se ilumina, al menos eso le parece a Superpulpo, que tiene que aferrarse a la silla para no correr hacia ella ahora que ya no es necesario ocultarle su condición de superfriki - ¡No ha venido a ver a un novio!-

Seguro que la ponencia es magnífica. Él no la escucha, todo lo que puede hacer es mirarla con esa cara de idiota que lo delata ante sus amigos y que le va a costar más de una broma.

Dentro de una hora haremos una pausa para el café…

Las aventuras de Superpulpo. Episodio VI. ¿Rutina laboral?

 

Desde hace dos semanas, la pereza de la hora de levantarse para ir a trabajar ha desparecido. No es que le resulte más fácil despertarse; por las noches se entretiene en conversaciones sin fin con amigos virtuales, que no imaginarios, y nunca duerme todas las horas que necesitaría. Siempre tiene sueño por la mañana. No le importa. Salta a la ducha con una sonrisa luminosa que lo acompaña durante el desayuno y por todo el camino hacia La Sede.

Con sus compañeros de trabajo se esfuerza en cambiar el gesto y aparentar indiferencia ante el día que comienza, lo que consigue sin dificultad gracias a su experiencia de años en ocultar sus sentimientos y sus habilidades a todos cuantos lo rodean (¿Cómo presentar a Superpulpo en sociedad?).

Su trabajo es excelente, sus jefes están contentos con ese chico nuevo que ha resultado no ser tan friqui como parecía (ni sospechan lo equivocados que están en esto último). No saben que sólo están viendo la cima del iceberg, una mínima parte de la capacidad de creación de Fabri, que, por el momento, se adapta tranquilamente al trabajo y aprende.

Entre el trabajo, el aprendizaje, las charlas con los colegas y la búsqueda de la altura precisa de su silla, aún se infiltra en su ocupado tiempo el pensamiento que lo mantiene sonriente día y noche (de esto no se ha enterado porque duerme solo): la chica pelirroja de Publicidad, moviéndose por el pasillo acristalado el primer día que la vio, brillando por el sol, absorta en sus pensamientos, sin sospechar el efecto que estaba causándole.

Ahora ya no son sólo unos desconocidos. Ambos acuden puntuales a su cita diaria frente a la máquina del café, la sonrisa de ella no menos radiante que la de él. No lo han dicho, pero sus vidas giran ahora en torno a esa media hora que comparten de lunes a viernes; nunca se han visto fuera de La Sede, pero lo harán – Vaya si lo haremos!-

Algo en su correo personal llama la atención de Fabri. ¿Un congreso de superhéroes para discutir la posibilidad de prescindir del disfrazperdónuniforme? La cita es para el próximo fin de semana, en Madrid. Se inscribe en ese mismo momento. El asunto del disfraz – Sí, disfraz- lo tiene harto. Si hasta los dieciséis años pudo ser Superpulpo sin él, no ve ninguna razón para tener que llevarlo ahora. Irá a ese congreso, defenderá la abolición de esas ridículas mallas con toda su energía y, de paso, verá a algunos amigos a los que echa de menos.

Llegó la hora. Deja su trabajo abandonado por un rato y sus pies lo llevan directamente a la máquina del café. Él hubiera preferido pasar antes por el baño, pero a las diez y media, los días laborables, el camino de la sala de descanso lo abduce y, lo que es peor, lo aliena, porque se deja llevar encantado. Y ahí está ella…

 

 

Las aventuras de superpulpo. Episodio V. ¡Qué tiempos aquellos!

 

El paseo del domingo por la mañana siempre le ha gustado especialmente a Fabri. Aunque nació tierra adentro y pasó los primeros años de su vida entre suaves colinas, la visión del mar lo lleva acompañando tanto tiempo que le cuesta creer que una vez su adorado Mediterráneo no estuvo a su lado.

Cuando unos meses atrás cambió de objetivos y de ciudad, la presencia de este mar de siempre fue su hilo de Ariadna personal, el hilo del funámbulo que, en un ejercicio de equilibrio dudoso, consigue salvar el abismo que se abre a sus pies.

Camina, mira el agua con el gesto del niño que la ve en tales cantidades por primera vez y decide no hacer ninguna foto. Hoy no quiere plasmar la belleza, ni interpretarla, ni guardarla en la memoria de su cámara para luego compartirla a saber con quién. Sólo quiere disfrutar de esta mañana aún soleada de principios del otoño, sin pensar en nada, sin recordar a nadie.

Pero eso es imposible. Su cabeza no suele obedecer cuando la consigna es “Desconectar” y hoy tampoco lo hace. Sin saber muy bien cómo ha llegado a ese punto, se encuentra pensando en la primera vez que se transformó en Superpulpo.

Tenía once años, unas gafas que eran el blanco habitual en todas las guerras de tizas del colegio, un hermano pequeño del que no conseguía despegarse y una necesidad imperiosa de pasar desapercibido.

Su cumpleaños había sido un sábado. Su madre le había comprado una tarta sobre la que once velas encendidas no dejaban ninguna duda sobre su edad. Antes de apagarlas, pidió su deseo secreto, que estaba claramente influido por un documental sobre los cefalópodos que había visto el domingo anterior en televisión – Quiero ser como un pulpo, llenar de tinta a todos y escapar siempre que me harte de estar en un sitio -. Sus deseos de soplavelas no se habían cumplido ni una sola vez, pedirlos mentalmente y no contarlos a nadie era un ritual divertido y emocionante que le encantaba, pero que no servía para nada.   

El lunes había llegado a clase todavía un poco empachado – ¿Cómo pude comer tanto aquel fin de semana? -. El tiempo hasta el recreo pasó rápido (le gustaban las matemáticas y la historia; tal vez era realmente un poco raro, como decían sus compañeros). El bombardeo comenzó en cuanto el timbre sonó y la señorita Mondieu abandonó el aula.  Pero esta vez Fabricín – ¡Joder, qué difícil fue quitarse el diminutivo de encima! - sintió que algo era distinto; no se sentía agobiado, no tenía ganas de correr, una sensación nueva recorría toda su piel. Cuando se vio rodeado de tentáculos que salían de su cuerpo y lanzaban a sus compañeros hacia la papelera, donde acabaron formando una maraña gritona de piernas y brazos, fue feliz como nunca lo había sido en un recreo. De inmediato le asaltó el miedo a la reacción de aquellas bestias que ya empezaban a recuperar la calma. Y entonces llegó lo mejor. La tinta. Todo se volvió difuso y él aprovechó para refugiarse en la biblioteca. Su cuerpo era de nuevo el de siempre, la tinta no había dejado mancha – Uff, menos mal – y sus compañeros, claramente, no recordaban nada de lo ocurrido.

Llegó a pensar que todo había sido uno de sus sueños imposibles, pero enseguida había entendido que se trataba de algo real, porque una sonrisa de idiota se había apoderado de su cara y no se movió de allí durante toda la semana.

No sabía cuándo, pero estaba seguro de que Superpulpo – Cada uno llama como quiere a su álter ego – volvería a actuar.

Las aventuras de Superpulpo. Episodio IV. La hora del café.

 

Es martes y la bandeja de trabajo entrante suspira aplastada bajo un montón de papeles que Fabri no quiere ni mirar. Su jefe es muy simpático, pero es un jefe “Lo quiero todo para el viernes antes de las tres” – ¿Quién me mandaría dejar la beca de estudiante perpetuo? -.

De momento, como son las diez y media, se levanta y va a la sala de descanso a tomarse el segundo café del día. Recuerda que la elasticidad tiene un límite y resiste la tentación de comer algo dulce.

La verdad es que le resulta fácil no caer en la tentación, es mucho más placentero observar a la chica pelirroja que se acerca por el pasillo dejando un rastro luminoso en el cristal que los separa – Hay que hacer un monumento al inventor de los vaqueros, piensa él. Qué aspecto más interesante tiene el nuevo, piensa ella -. Los dos son un poco torpes para iniciar el contacto cuando alguien los atrae, así que se miran de soslayo y confían en que los presenten pronto.

Las once menos diez. Vuelta a la mesa del terror. Se planta frente al ordenador y la hora de dejar la oficina lo sorprende tan concentrado en el trabajo que él mismo no puede creerlo - ¿Me la encontraré en el ascensor? -.

El resto del día pasa sin grandes emociones (no le parece una aventura demasiado interesante haber bajado a un gato de un árbol) y, casi sin darse cuenta, vuelve a estar en la oficina mirando su cerro de papeles autorreplicativos.

Es miércoles, la hora del café. Fabri se contiene para no correr hacia su paraíso particular – Tiene que venir -. Ahí está. Lo encandila verla cogiendo una taza casi tan roja como su pelo y atontado choca con la secretaria de su jefe (cuán encantador el jefe, cuán desagradable ella). Está balbuceando una disculpa muy poco sincera cuando se ve convertido en Superpulpo – No acabo de controlar esto -.

A través de su nube de tinta amnésica ve cómo el armario de las tazas está cayendo sobre su chica, que, distraída mirándolo a él, no es consciente del peligro. Con sus hábiles tentáculos, sujeta el armario, empuja a la secretaria del jefe a un rincón - Esto no era necesario, pero cómo ha molado- y atrae hacia él a la dama cuyos colores intuye que defenderá con su vida en cuantos campos se tercie.

La tinta desaparece y los dos están tan cerca que les resulta inevitable sonreírse y felicitarse por no haber estado bajo ese armario que acaba de caer. No es una conversación muy profunda, pero ni ella, ni mucho menos él, son capaces de acabarla y volver a sus respectivos desayunos. Cuando consiguen separarse, lo hacen con la sensación de que a partir de este momento todo va a ser mejor en sus vidas.

Está claro que el miércoles es un día fantástico y que la secretaria del jefe es una tía encantadora. La pila de papeles de la mesa parece haber encogido – Ha encogido, seguro –. Fabri se siente incluso más ligero que aquella vez a los dieciséis años….

Las aventuras de Superpulpo. Episodio III. Una cena casera.

 

Por fin en casa después de una intensa jornada de, ¿cómo no?, trabajo.

Fabri asoma la cabeza por el salón y saluda a su compañera de piso, que, arrellanada en una butaca morada, está absorta en la lectura de un best seller, una historia truculenta de al menos quinientas páginas, el tipo de lectura que a él le horroriza, pero que para ella constituye el motor de su actividad intelectual y un dispensador inagotable de dosis de conocimiento del comportamiento humano. Lee con todo su cuerpo y ni siquiera oye el ¡Hola! de Fabri, que, en estas ocasiones, está como solo en casa y decide disfrutar de su como soledad mientras le dure.

Se ducha y, aún en albornoz, lava el disfraz de Superpulpo. Tener que llevar uniforme para ejercer de superhéroe es un fastidio (si Supertodo lo oyera llamarlo disfraz, lo tendría tres meses desactivando hombres-bomba en Bagdag); mantenerlo el secreto y no poder usar la lavadora y la secadora como todo el mundo es… Superpulpo retuerce el disfraz con ganas, ya que no puede retorcer otra cosa, lo cuelga bien estirado sobre la bañera y se viste con ropa cómoda.

Siguiendo con su plan de vida sana, va a preparar pescado al horno para él y su compañera. Entra en la cocina, cierra bien la puerta, se coloca los auriculares de su iPod y se pone manos a la obra: abre el libro de cocina para solteros que le regaló su hermano y lee (...cebolla…patatas…dorada….160 grados…). Fácil. Vamos allá.

Todo listo. Sólo falta esperar unos minutos. Mientras, Fabri prepara la mesa del comedor. Acaba de coger dos copas cuando por la ventana de la cocina ve pasar a un perro volador -¡Los perros no vuelan, Fabri!- Inmediatamente su sistema de alarma de superhéroe se activa, pero no funciona (por fortuna, porque la tinta en la cocina no sería muy fácil de explicar) –No llevo el maldito disfraz-. No le queda más remedio que actuar sin superpoderes. Saca por la ventana el brazo que no lleva copas y luego medio cuerpo más, consigue atrapar en el aire al perro suicida y, con bastante más dificultad, recupera la posición vertical sobre el suelo de su cocina- Por poco me estampo-.

Devuelve el animal a sus dueños –Niño, como vuelvas a hacer eso con Rayo te quedas sin postre- y disfruta de la sensación de haberlo salvado en su versión tipo normal. Hoy sí que le ha gustado su acción heroica del día –Ya me extrañaba que no tuviera que salvar a alguien-.

Pone las copas sobre la mesa, saca el pescado del horno. ¡A cenar!

 

 

El hombre que cuida los pasos de peatones

 

En mi pueblo hay doce pasos de peatones. Cada uno tiene seis dieciséis rayas blancas. Ella dice que así ha sido siempre;  yo no lo sé, pero sí puedo asegurar que así ha sido durante los últimos siete años. Y así será mientras yo siga aquí. Es importante mantener las cosas en su sitio. Llevo siete años cuidando de los pasos de peatones y se respeta mi tarea.

Al principio sólo parecía una rutina sin demasiado sentido. Yo contaba las rayas por la mañana y por la tarde, los viejos desocupados bromeaban a mi costa y así día tras día, durante seis largos meses. No era feliz con mi trabajo. Había heredado de mi padre el cargo de Controlador de pasos de peatones, que él a su vez había heredado del suyo.  En mi familia decían estar muy orgullosos de mí; cuando cumplí veinticuatro años y pude por fin sustituir a mi padre en su puesto, celebramos una fiesta que duró tres días y dos noches. Pero yo, ya lo he dicho, no era feliz; no acababa de entender cómo contar pasos de peatones contribuía al bienestar de la comunidad.

Hasta que ocurrió aquello y comprendí.

Una mañana, al hacer el recuento, faltaban un paso peatonal completo y cinco rayas de otro. Volví a contar, incrédulo, hasta cuatro veces, pero era irrefutable, faltaban.

Aquel día fue el caos.

Dos niños en bicicleta intentaron cruzar por su lugar habitual, que resultó ser el del paso desaparecido. Los atropelló un ciclista adulto, del pueblo vecino, que no conocía la existencia de un paso en aquel punto concreto. Una rodilla sangrante y  una camiseta rota fueron las únicas consecuencias; nada grave, pero suficiente para revelarnos lo peligroso de los cambios.

Horas más tarde, en el mismo lugar, el señor Y atropelló al gato de la señora X. Una pata escayolada y el romance entre X e Y en serio peligro de nuevo nos recordaron el inestimable valor de los hechos establecidos.

Al oscurecer, la situación empeoró. Yo mismo fui a dar contra la moto de mi amigo W cuando vino al ya inexistente paso de peatones a comprobar que el rumor que invadía el pueblo era cierto.

Con las cinco rayas del otro paso no hubo tantos problemas, pero todos miraban extrañados aquel paso incompleto y no se atrevían a utilizarlo. Los dos pasos vecinos se saturaron y hubo quien llegó tarde a una cita por tener que esperar su turno para cruzar.

Aquella noche no pude dormir. La angustia y, sobre todo, la vergüenza me mantuvieron despierto. No había sabido percibir la trascendencia de mi trabajo, había desdeñado la labor que los primogénitos de mi familia habían desempeñado con orgullo durante generaciones, había llegado incluso a dudar de la necesidad de controlar los pasos de peatones. En cuanto salió el sol, corrí a comprobar, encogido por el miedo, si había más desapariciones.

Y no. Todo había vuelto a su cauce. Cada raya desaparecida estaba otra vez sobre el asfalto, en su posición exacta. Cuando, a medida que avanzaba el día, la gente fue saliendo de sus casas, comprobaron que había vuelto el orden y niños y adultos se sintieron de nuevo tranquilos.

En nuestro pueblo las cosas tienen su sitio. Siempre ha sido así. Así debe seguir. No sabemos quién se llevó las rayas. Hay quien piensa que se trató de una advertencia divina para que no descuidemos nuestras funciones. Para otros fue un intento del demonio de desconcertarnos y llevarnos al camino del mal.

Yo sé que están equivocados. Las rayas las robó mi primo Z, envidioso desde que nació, y las devolvió durante la noche porque no sabía qué hacer con ellas. Lo sé porque me lo ha contado la voz. Ella nunca me miente. Desde dentro de mi cabeza observa el mundo y me lo explica. Ella siempre desenmascara al caos cuando se acerca disfrazado de progreso. Con suavidad y persistencia me defiende de los peligros de la innovación. Ella me ha hecho consciente de lo importante de mi misión. Mientras yo siga aquí, no se descuidarán los pasos de peatones.